Y en medio de la noche, llega el olor a pan... de ese que está caliente y blando, como el que sale en los comerciales viejos. La brisa pasa por debajo de la puerta de la habitación, se revienta contra mí y luego se abalanza a la ventana para escapar en siseos.
El teléfono pitaba y moría en el silencio de las aspas del abanico, el teléfono pitaba y el automóvil de la ambulancia pasaba por la calle contigua a donde me encontraba.
El teléfono pitaba, era un mensaje que deseaba ser leído, de algún conocido que se afanaba en teclear en otro aparatito diminuto como aquel que volvía a pitar junto a mí.
Sonó nuevamente, parecía no callar como un pequeño con hambre y yo, bueno, yo ya me hallaba lejos, rumbo a otros mundos, a otros olores, a otros ruidos. No traía dinero conmigo, una mala suerte pensé. Pero aquel aparatito pitador seguía brillando cada tanto en mi mano. Esperaba entonces que Caronte pudiese aceptarlo como pago.
Nuestro entorno ha cambiado, las cosas que nos rodea lo hacen constantemente, lo interesante es que lo esencial, permanece.


0 comentarios